Yo creía que estaba pasando una adolescencia dura, eran tiempos difíciles, en casa mis padres trabajaban mas de doce horas diarias cada uno en su trabajo, apenas había lujos, ni adornos ni grandes celebraciones pero estábamos unidos y no faltaba de nada. Mi sensación era de escasez y de sacrificio, el mundo me parecía complicado a pesar de mi juventud y me daba la espina de que me iba a tocar currar duro para llegar a ser alguien. Los Reyes Magos hacia tiempo que dejaron de pasar y vivíamos en un estado extraño en el que no sabría decir si eramos todo lo felices que queríamos o esperábamos ser.
A veces esto de la felicidad es un poco complicado, no sabes realmente en que punto estás hasta que no se rompe algo.
El mejor día de la semana era el domingo, todos juntos nos íbamos a la montaña a lavar el coche y alrededor de aquel evento montábamos nuestra merendola y jugábamos a cualquier cosa . Ese momento era muy especial pues mis padres y mis hermanos reíamos y hablábamos de cosas intrascendentes, parecía que el tiempo se paraba y nos daba una tregua para arreglar nuestros conflictos de entre semana.
Un día acompañé a mi padre al mercado ambulante que se hacía cerca de casa, no recuerdo muy bien que es lo que buscábamos, solo que iba cogido de su mano izquierda cuando de repente se acercó una mujer mayor vestida de negro y sin pedirle permiso, le agarró la mano derecha, la miró y en unos segundos la soltó sin que mi padre pudiera apenas reaccionar.
Parada frente a él y mirándolo a la cara fijamente le dijo que en unos días iba a estar a punto de morir. Los dos nos quedamos parados frente a ella, mudos y fríos. La escena duró no mas de un minuto.
Mi padre y yo seguimos nuestro paseo por el mercado sin hablar y sin comentar nada sobre ello, como sino hubiera pasado nada.
A la semana siguiente mi padre que trabajaba en una imprenta, se convirtió en una antorcha humana al saltarle unas chispas de los rodillos de la impresora sobre su mono de trabajo impregnado siempre de líquidos inflamables. En su intento de eludir las llamas derribó un bidón de cincuenta litros de disolvente que al caerle encima lo convirtió en una bola de fuego.
Se quemó el sesenta por ciento del cuerpo y estuvo dos años en el hospital, le hicieron mas de veinte operaciones para intentar recomponer partes de su cuerpo que quedaron dañadas.
Este hecho cambió la vida familiar, se acabaron los domingos juntos, las rencillas, las cenas en familia, todo eran lagrimas e incertidumbre sobre el futuro de nuestras vidas. Mi madre tuvo que multiplicarse para ocuparse de todo, incluso de llevarnos todos los días a verle aunque tuviera que tirar de tres chavales y hacer varios trasbordos de autobuses y pelearse con todos los celadores que se cruzaba en el hospital para que pudiéramos entrar a pesar de ser tan pequeños.
Un día en el autobús de vuelta a casa después de ver a mi padre en el hospital, mi madre lamentándose me dijo.
” Eramos felices sin darnos cuenta ”
Aquella frase me entró como una flecha al alma. Yo pensaba que nuestra vida quizás no fuera lo que yo deseaba pero me hizo entender un poco mas lo que seria mas tarde seria mi turbulenta vida. Muchas veces me acuerdo de aquella escena y pienso que a veces somos felices sin ser conscientes y sin saberlo.

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